20 de agosto de 2006

Lucía Etxebarría

«Por lo fácil que es manipularnos, las mujeres y los gays somos una fuerza consumista exagerada», sentencia la escritora Lucía Etxebarría
Qué se esconde detrás de Lucía Etxebarría? Quizá una trayectoria literaria tan sólida y exitosa como trufada de controversias. Quizá la proyección de un personaje polémico por los ideales que defiende y plasma en sus libros.
Madre recientemente, Lucía no oculta que «buscaba la paz y tranquilidad del interior». Con innegable humor, adopta por momentos un tono de ácida ironía para hablarnos de sus novelas, de su faceta activista, de sus reflexiones acerca de la sociedad y del panorama editorial actual. Lucía describe su vieja casa como una biblioteca. Su padre le contagió su pasión por los libros, y ella leía con avidez, lo que llegó a acarrearle problemas. El psicólogo al que acudía, enterado de que la joven Etxebarría leía a un autor prohibido como Proust, le preguntó sin ambages: «¿Por qué no juegas más al tenis?».
La muchacha tampoco es comprendida por las monjas que dirigen su colegio, del que terminan por expulsarla. «Me echaron porque una alumna modelo como yo había sido no podía cambiar de rol, no podía protestar ante las injusticias en un tono tan pedante. Hay que explicar que mi padre estaba metido en política; era amigo de Ruiz-Giménez y Tierno Galván, y desde que yo era pequeña me llevaba a mítines, así que yo hablaba con esa retórica, aludiendo a la causa justa, al batallar...». Ninguno de estos incidentes fue capaz de acallar su talento creativo. Ella era la encargada de redactar las obras de Navidad. «Me tenían de mono de feria y hubo un momento en que lo último que quería era escribir. Durante mucho tiempo lo odié, pero era algo que se me daba muy bien. Así que cuando tuve mis necesidades creativas las saqué por lo que sabía usar».
¿En qué momento hizo entonces de la literatura una profesión? Lucía Etxebarría no se complicaba: trabajaba de periodista porque le resultaba fácil escribir, trabajaba de intérprete porque sabía idiomas. Hasta los 28 años, Lucía trabajó en la empresa privada. Pero «al final, si la escritura es la herramienta que mejor manejas, naturalmente vas llegando a ello. Mi primer libro nació de historietitas que yo escribía para hacer reír a mis compañeros de trabajo. Además, por entonces yo sufría una depresión y aquello me entretenía. Al final tenía una novela. Seguí con la segunda y funcionaba. De repente, la vida me colocó ahí». Además de escribir, Lucía se ocupa ahora de dirigir la 'Colección Astarté', que se ha abierto este año con la publicación de seis títulos. «Para mí es un intento de dar a conocer a escritores parecidos a mí. Estaba harta de ser yo la niña terrible, la polémica...».
Fran Casillas

2 comentarios:

Ligeia dijo...

Lo que se denominaría mi tumba estaba situada a orillas de un mausoleo anacrónico, cuya circunferencia mide un cuarto de milla, algunos espíritus extraviados comentan ¡Si entrás ahí! ¡no saldrás jamás!...
Cada una de estas moradas estan forjadas de un bronce antiguo, posee un ángel guardián esculpido en piedra (para los que quieren ser perdonados)... los poetas desterrados y suicidas escriben los epitafios de los nuevos visitantes que vendrán... algunas de sus lápidas dicen...
"Yo no vine, me trajeron", otros más desquiciados...
"Maldito aquel que remueva mis huesos" todos con un hablar pintoresco...
Los ataúdes son endurecidos en fuego y llantos negros envejecidos, sus tableros de ajedrez se han idiotizado en que sea la reina negra de este juego. Las vidrieras caleidoscópicas dan a todas las vistas conjuntas, pero poco son los afortunados en empañar sus cristales...
En mis pantanos hay un reloj de doce horas precisas, de modo que ninguno de sus habitantes adormecidos es atrapado por los rayos de un nuevo día...
Según mis ancestros... Nunca existió, Ni exitirá algún reloj en señalar con gran exactitud las horas...
Sus campanadas son agónicas, sólo basta decir ¡las doce! y todos nos despertamos de nuestro sueño apocalíptico, lo peor era para los duendes, no podían soportar los maullar de los gatos, lanzándose a la cara de las personas, ocultándose debajo de sus ropas milenarias... El sonar de sus péndulos dejaban en la gran apetecida Casa de Orates a todos los jorobados de buen oído, el reloj es venerado por todas las fierecillas, conquistadores endemoniados y a las fatídicas libélulas (bien apetecidas por sus cinturas angostas) Todos les rendimos oraciones al Señor de las horas... el Sol se ha convertido en el Gran Inquisidor Dostoievskiano...
El reloj es nuestro verdugo más simpático...
Espero haber dejado suficientes pistas de mi paradero...

Carlos Rodríguez Ibáñez dijo...

Ligeia.....me sorprendes y me sorprenderas....no puedo negarlo!

Escrutaré tus pistas, para intentar descubrir donde moras.

Quizás un cementerio??

Un lugar para ocultarte de mi?? de todos?

Sigue ayudandome....a encontrarte

Besos

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