2 de octubre de 2006

Muros

La inmigración no se para con muros. Se podrá contener durante un tiempo pero mientras persistan las razones que empujan a miles de personas a buscar una vida digna, siempre habrá un hueco por donde colarse. Cuando en 1989 cayó el muro de Berlín, creímos que había desparecido el último muro de la vergüenza. También pensamos que íbamos camino de un nuevo orden internacional. Nada de eso. Israel construyó su valla de seguridad para evitar los atentados terroristas suicidas de palestinos. No se paró en que dividía familias, tierras, hería de nuevo la dignidad palestina. Ahora es el Senado de los Estados Unidos el que ha aprobado la construcción de un muro de más de mil kilómetros en la frontera con México. Se ha demostrado durante muchos años que el río Grande y la verja no bastaban para rechazar a miles, millones de personas que no dudan en jugarse la vida con tal de llegar a la tierra prometida. El problema de la inmigración es el gran desafío que tiene encima de la mesa la Unión Europea. Ni todo el océano atlántico es barrera suficiente para disuadir a miles de subsaharianos que realizan la travesía de la muerte a bordo de un cayuco, a pesar del endurecimiento de la política del Gobierno español que supone repatriar a unos cuantos y olvidarse de más regularizaciones. Pero habría que insistir en las razones que mueven a latinoamericanos a superar cualquier obstáculo con tal de llegar a Estados Unidos o a los subsaharianos a dejarse la vida en el mar con tal de cambiar su destino y el de su familia en Europa. Las razones son bien conocidas: subdesarrollo, analfabetismo, miseria, sida, guerras, corrupción y una muerte segura a los 40 años.
En América Latina, el incremento de los grandes números de la economía no afectan en nada a las clases más bajas que sufren en sus carnes las consecuencias de unas sociedades clasistas con grandes diferencias entre ricos, unos pocos, y pobres, unos muchos. Ni siquiera los gobiernos populistas se ocupan de los menos favorecidos cuando llegan al poder. En África, no hay posibilidad de que mejoren las estadísticas, ni las macro ni las micro. Ni siquiera un plan Marshall sería capaz de cambiar la situación, aunque por algo habría que empezar. Una vez más, hay que insistir en la imperiosa necesidad de inversiones en educación, sanidad, industria, como decía la parábola: hay que enseñarles a pescar. Para eso, los países occidentales y sus empresas multinacionales tendrían que renunciar a algunos beneficios y los propios subsaharianos asumir que, al final, su cambio de vida sin necesidad de emigrar, depende en buena parte de ellos mismos.
Los muros solo alimentan la vergüenza, aunque sea en periodo electoral. El toque de queda en Bagdad es otro ejemplo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ni la muralla china, ni el muro de barlin, ningun muro puede apagar todos los gritos

sonia dijo...

El dinero que se van a gastar en esos estupidos muros podian utilizarlo en otra cosa.

Carlos Rodríguez Ibáñez dijo...

Es nuestra fuerza. Nuestros gritos no podrán ser callados y si algo nos pasara, siempre otro tomría el relevo.

Saludos M.A.

Carlos Rodríguez Ibáñez dijo...

Gracias Sonia por estar siempre ahí.

Besos

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